Cuando la arquitectura aprende de los árboles: una lección sobre luz, sombra y espacio intermedio

La mirada del arquitecto

Orquideorama del Jardín Botánico de Medellín
Plan:b Arquitectos y JPRCR Arquitectos

El Orquideorama del Jardín Botánico de Medellín nos muestra que entre el interior y el exterior existe una posibilidad que muchas veces olvidamos: crear un tercer territorio.

Hay espacios donde la naturaleza parece estar afuera. Y hay otros donde arquitectura y naturaleza establecen una relación mucho más profunda.

Cuando observo el Orquideorama del Jardín Botánico de Medellín, diseñado por Plan:b Arquitectos y JPRCR Arquitectos, siento que ocurre algo de esto último.

A primera vista, lo que probablemente más llama nuestra atención es su gran cubierta, formada por módulos que recuerdan flores y árboles. Pero detrás de esa forma hay una idea mucho más interesante:

La arquitectura puede aprender de la naturaleza cómo protegernos sin aislarnos de ella.

Y quizás por eso el Orquideorama me interesa especialmente.

Porque no es simplemente una cubierta colocada sobre un jardín.

La arquitectura no se coloca dentro del paisaje; construye una nueva capa del paisaje. Es un tercer territorio.

Un espacio que no necesita escoger entre afuera y adentro.

Estamos acostumbrados a pensar la arquitectura en términos bastante definidos:

Adentro o afuera.
Protegido o expuesto.
Cubierto o descubierto.

Pero el Orquideorama parece cuestionar esas categorías.

Su cubierta genera protección y sombra, pero no construye una frontera rígida con el jardín.

La luz entra.
El aire circula.
La vegetación permanece presente.
El paisaje continúa siendo visible.

Y las personas encuentran protección sin sentir que han abandonado el exterior.

Es justamente allí donde aparece una de las ideas que más me interesa rescatar de esta obra: el espacio intermedio.

Ese lugar que no es completamente interior, pero tampoco completamente exterior.

Un lugar de transición. Un lugar donde las condiciones cambian gradualmente y donde podemos relacionarnos con la naturaleza sin estar completamente expuestos a ella. Eso es lo que entiendo como un tercer territorio. Y es una idea que puede ser tremendamente poderosa cuando pensamos nuestros propios espacios.

El módulo: cuando una unidad construye un paisaje

El Orquideorama no nace de una única gran pieza.

Su estructura se organiza mediante módulos llamados “flor-árbol”, que se repiten para construir el conjunto. En el proyecto construido son diez módulos y cada uno incorpora un patio central.

Me parece interesante porque la estrategia es sencilla de entender:

Una unidad se repite, se agrupa y termina construyendo algo mucho mayor.

Unidad → repetición → agrupación → paisaje arquitectónico.

Pero la repetición no es simplemente una operación geométrica.

Cada módulo establece una relación con la vegetación, la luz, el aire y las actividades que ocurren debajo.

La arquitectura deja entonces de entenderse solamente como un objeto y comienza a comportarse como un sistema.

Y aquí aparece nuevamente una enseñanza que me interesa mucho:

La naturaleza puede inspirar arquitectura no porque copiemos literalmente sus formas, sino porque aprendamos de la manera en que funciona.

La cubierta que aprendió de los árboles

Pensemos por un momento en un árbol.

Tiene estructura.
Tiene follaje.
Produce sombra.
Permite que algunos rayos de luz atraviesen sus hojas mientras bloquea otros.
Deja circular el aire.

Y debajo de él aparece una condición espacial diferente a la que encontramos bajo el sol directo. El Orquideorama busca generar una experiencia semejante.

Su cubierta combina elementos translúcidos y opacos para producir una iluminación más filtrada y controlada. Los propios arquitectos plantearon la búsqueda de una percepción semejante a la de un bosque o jardín en sombra.

Y aquí aparece una idea que me parece preciosa: la sombra también puede ser una forma de arquitectura.

No siempre necesitamos una cubierta que simplemente impida que el sol entre.

Podemos diseñar una cubierta que transforme la manera en que experimentamos la luz.

Que filtre.
Que dosifique.
Que genere diferentes grados de protección.
Que permita seguir sintiendo que estamos en contacto con el exterior.

La cubierta deja entonces de ser solamente aquello que está “arriba”.

Se convierte en una interfaz entre nosotros, el clima y el paisaje.

La palabra que explica muchas de estas decisiones: permeabilidad

Si tuviera que escoger una palabra para explicar lo que más me interesa del Orquideorama, probablemente sería esta: permeabilidad.

El proyecto es permeable visualmente, porque permite mantener la relación con el jardín.

Es permeable espacialmente, porque no establece una separación rígida entre arquitectura y exterior.

Y es permeable ambientalmente, porque la luz, el aire, la vegetación y el agua siguen participando de la experiencia.

Y entonces sucede algo muy interesante:

No necesitas estar completamente afuera para sentir el jardín.
No necesitas estar completamente adentro para estar protegido.

Entre esas dos condiciones aparece algo nuevo.

Un espacio intermedio.
Un tercer territorio.

Cuando la naturaleza deja de ser decoración

Hay otra cosa que encuentro especialmente hermosa en este proyecto.

La naturaleza no aparece simplemente como algo bonito que rodea la arquitectura.

Forma parte de la manera en que el espacio funciona.

La estructura incorpora patios y vegetación, y el proyecto integra sistemas para recoger y conducir el agua de lluvia.

Es decir, la relación con la naturaleza no ocurre solamente a través de lo que vemos.

También ocurre a través de aquello que la arquitectura permite que suceda. Y esta diferencia es fundamental.

Una planta colocada dentro de un espacio puede ser decoración.

Pero cuando la vegetación modifica la sombra, cuando el agua participa del proyecto, cuando el aire puede circular y cuando la luz es filtrada por la propia arquitectura, estamos frente a algo diferente: la naturaleza se convierte en parte de la experiencia espacial. Crea una atmósfera que cambia nuestra experiencia, la enriquece, la completa.

Los cinco elementos también están aquí

Cuando observo el Orquideorama desde mi propia manera de entender la arquitectura, vuelvo a encontrar los cinco elementos que para mí ayudan a construir nuestra relación con la naturaleza.

🌱 Tierra, porque estamos inmersos en un jardín vivo y la vegetación participa de la experiencia.

💧 Agua, presente también en la manera en que el proyecto recoge y conduce el agua de lluvia.

🔥 Fuego, representado aquí por el sol, cuya presencia cambia cuando atraviesa la cubierta y encuentra la sombra.

🌬️ Aire, porque el espacio abierto permite mantener una relación mucho más amable con el exterior.

✨ Éter, ese vacío que aparece entre la estructura, el cielo, la vegetación y las personas.

Pero no los entiendo como elementos aislados.

Es su relación la que construye la experiencia.

Y quizás eso sea precisamente lo que hace que el Orquideorama resulte tan especial.

No es solamente una estructura.

Es la relación entre estructura, luz, sombra, vegetación, agua, aire y personas.

¿Y qué puede enseñarnos esto para nuestra propia casa?

No necesitamos construir un Orquideorama para aprender de él.

Podemos comenzar haciendo preguntas mucho más sencillas:

¿Por dónde entra el sol a mi casa?
¿En qué momentos del día resulta demasiado intenso?
¿Dónde necesito sombra sin perder la relación con el jardín?
¿Puedo proteger un ventanal sin convertirlo en un espacio oscuro?
¿Cómo puedo mantener la circulación del aire?

A veces la respuesta puede estar en un alero.
En una celosía.
En una pérgola.
En vegetación estratégicamente ubicada.
En un elemento textil, metálico o de otro material que filtre el sol.
O en un sistema de protección solar que pueda adaptarse según las necesidades del momento.

Pero hay algo más importante que escoger un producto o una solución determinada.

Primero debemos preguntarnos qué relación queremos construir entre nuestro espacio y el exterior.

Porque la respuesta no siempre es construir más.

A veces consiste en regular mejor la relación entre lo que está adentro y lo que está afuera.

Una última mirada

Cuando observo el Orquideorama, no veo solamente una cubierta llamativa.

Veo una arquitectura que intenta comportarse como parte de un ecosistema.

Una arquitectura que protege sin aislar.
Que permite la entrada de luz sin renunciar a la sombra.
Que incorpora vegetación.
Que recoge agua.
Que mantiene la presencia del paisaje.
Y que crea un espacio intermedio entre el cielo y la tierra.

Quizás eso sea lo que más me enseña esta obra:

Que entre el interior y el exterior no siempre necesitamos escoger.

Podemos crear un tercer territorio.

Un lugar donde la luz entra, pero filtrada.
Donde el aire circula, pero encontramos protección.
Donde la naturaleza permanece presente, sin que la arquitectura desaparezca.

Y quizás allí, precisamente en ese espacio intermedio, comienza otra manera de habitar.

Porque una buena relación con el sol no consiste en eliminarlo.

Consiste en aprender cuándo dejarlo entrar, cuándo filtrarlo y cuándo buscar la sombra.

Esa, para mí, también es una forma de habitar la naturaleza.